¿Qué ocurre cuando amamos demasiado?

¿Qué sientes al leer este título?

Si sientes curiosidad e incluso puede que llegues a sentir cierto dolor o tristeza, te entiendo. Así me sentí hace unos cuantos años cuando llegó a mí el libro de Robin Norwood: «Las Mujeres que aman demasiado». Habla de mujeres, pero no creo que sea cuestión de género, ni tampoco de edad, simplemente ocurre, sufrimos cuando amamos demasiado. 

Cuando estar enamorado/a significa sufrir, es que estamos amando demasiado. Cuando esta persona ocupa en tus pensamientos la mayor parte del tiempo, es que estamos amando demasiado. Cuando nuestro objetivo es que él o ella quiera estar con nosotros/as, es que estamos amando demasiado. Cuando sentimos que él o ella controla nuestras emociones y gran parte de nuestra conducta, es que estamos amando demasiado. Cuando comprendemos que esta conducta tiene una influencia negativa para nuestra salud y bienestar, pero nos cuesta librarnos de ella, es que estamos amando demasiado. 

Si te has sentido identificado/a hasta aquí, quiero ayudarte o inspirarte con mi propia experiencia vivida.  Resumo drásticamente la solución: aprender a quererte a ti mismo/a. 

Sé que es doloroso oir esta afirmación drástica, de hecho, me leo y me entran ganas de llorar por los recuerdos vividos. Porque ¿sabes qué?  Yo pensaba que me quería a mí misma lo suficiente hasta que supe lo que era quererse realmente a uno mismo/a. 

Cuando amamos demasiado vivimos en un mundo irreal, de fantasía, donde el hombre o la mujer que nos hace infelices o nos hace sentir gran insatisfacción se transforma en lo que estamos seguros/as que pueda llegar a ser con nuestra ayuda. 

Yo me enamoraba de una irrealidad, pensaba que me enamoraba de la persona, pero realmente me enamoraba de la idea de que me quisieran, de que me amaran como mujer. Es más, en realidad no era amor si no miedo, miedo a estar sola, miedo a no ser digna, a no inspirar cariño, miedo a ser ignorada, abandonada. Estaba sin duda necesitada de cariño y aceptación, pero de mi misma. 

Probablemente este artículo es uno de los que más me esté costando escribir, y de hecho creo que de alguna manera estoy rompiendo en mí un caparazón (me va el corazón a cien mientras escribo) para poder realmente aceptar que me ocurrió; que yo no era tan fuerte como pensaba, que yo no era tan optimista como me pensaba, que yo no era tan superwoman  como quería pensar. 

Tuve que llegar a a vivir una crisis personal importante para darme cuenta que tenía que hacer algo con mi vida, necesitaba sentir que podía cambiar el rumbo de mi vida, porque tal y como estaba yendo no era feliz.  

Qué curioso, he pasado de la tristeza y dolor (incluso diría miedo) mientras escribía al agradecimiento, ya que justo ahora iba a escribir: gracias a esa crisis personal ahora si sé qué es quererme a mi misma.

Así que si estás en una de esas crisis personales, te diría que sonrías, porque es gracias a esta crisis personal que estás viviendo que tienes la oportunidad de aprender a quererte y de mirar atrás algún día dando sentido a lo ocurrido, agradeciendo incluso lo ocurrido. Quizás incluso algún día te sientas como para escribir  un artículo para devolver al mundo el aprendizaje que has llevado a cabo para ayudar a otras personas 🙂 

Por desgracia nos nos enseñaron a reconocer, aceptar y gestionar nuestras emociones, no nos enseñaron a tener una comunicación familiar eficaz reconociendo y aceptando las emociones de los demás, más bien al contrario, la educación se basaba en esconder las emociones, no estaba bien visto llorar, o mostrar tristeza, etc. En gran parte de las familias no se generaba el lugar de confianza para poder expresar nuestros sentimientos.  

La mayoría de nosotros/as hemos aprendido a no expresar nuestras propias percepciones o sentimientos, de alguna manera hemos aprendido a «negar» o «esconder» la realidad, y eso deteriora enormemente nuestra manera de ver y afrontar la vida de una forma plena y satisfactoria. 

Las causas por las que amamos demasiado son varias (te animo a que leas el libro que te indicaba al inicio) aunque hay una base muy significativa: cómo hemos vivido nuestra infancia, cómo hemos vivido nuestra infancia en el sistema familiar o con nuestros cuidadores. 

En mi caso, mi padre (que no mi progenitor) no llegó a mi vida hasta los 12 años y desgraciadamente la vida se lo llevó hace tres años. Gracias papá por llegar a mi vida, por ser el mejor marido para mi madre y el mejor padre para mi hermana y para mí. Uff qué nostalgia, ahora con lágrimas en los ojos sigo escribiendo, sé que es el momento. 

Con los años y la experiencia de crecimiento personal pude entender que la falta del acompañamiento de mi progenitor hasta los 12 años, y otras circunstancias vividas, me llevaron  a la necesidad de fijarme en hombres que eran difíciles de alcanzar emocionalmente.

Yo sentía que si finalmente ese hombre difícil de alcanzar emocionalmente me llegaba a querer, es que yo valía la pena. Los hombres amables, estables y confiables que se interesaban por mi no eran suficiente para cubrir mi necesidad de sentir que valía la pena. En realidad usaba inconscientemente esta estrategia para evitar mi dolor, mi miedo.

La crisis emocional me llevó a dejar salir mis miedos para poder avanzar, el miedo a estar sola, el miedo a no ser querida o reconocida, y, paradojas de la vida, sentir el miedo me permitió aceptarlo, descubrirme. Descubrirme me ha llevado sin duda a quererme, mejor dicho, a saber quererme. 

Saber quererme significa conocerme, saber quién soy y quién quiero ser,  descubrir qué me hace única, como seres únicos que todos somos. cuáles son mis talentos, aquellos que desarrollándolos siento satisfacción, saber cuáles son mis valores, aquellos que teniendo presente en mi vida me siento en coherencia conmigo misma, aprender a reconocer mis emociones, aceptarlas y extraer una información útil y funcional de las mismas, incluso de mis propios miedos. Todo ello me ayuda a tomar las mejores decisiones para llevar a cabo acciones que me llenan de satisfacción. 

Y por supuesto saber quererme me ha llevado a saber cómo quiero que me quieran, y eso me ha ayudado a saber escoger la pareja, que esta vez, y es la primera vez que lo digo públicamente, sé que es la pareja. Gracias Ferre por estar en mi vida; gracias a tí por leerme.

Espero y deseo que haya podido aportar aunque sea un granito de reflexión en ti para que puedas afrontar esta situación, no es fácil, es un camino largo, pero visualiza la recompensa, está allí: saber quererte.  

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